Después de estar con una chica, quedo intranquilo hasta que me vuelve a llamar. Si no llama, pienso que estoy idiota o que no sé platicar. Porque siempre, si se la ha pasado bien, la chica vuelve a llamar.
…
Por eso, tras dos días de silencio, me alegro muchísimo cuando ella me habla para vernos, en un parque que queda cerca de donde vivo, ella tiene dos horas libres para comer, antes de regresar al trabajo.
En estos días, yo sólo le había mandado un mensaje, ella ninguno, me moría por mandarle más pero conseguí contenerme, debía de evitar parecerme un psicópata obsesivo, tenía que demostrarle que yo no iba a interponerme en la relación que tiene con su novio, en que si se casaba, por mi no había problema alguno, que yo era sólo una persona serena y relajada que le daría amistad y sexo cuando a ella se le antojara, me importa una mierda que tenga novio, mejor para ella, tiene dos corazones, dos personas con las que puede pasar buenos momentos, tener muchas personas que te den amor, debería de ser lo mas lógico.
-Me da miedo verte –me dijo por teléfono, antes de quedar de acuerdo- Todavía no sé si eres bueno o malo.
A mi, no sólo me gusta tener sexo con ella. También me gusta pasear o entrar en algún sitio donde podamos tomar un café y charlar susurrándonos palabras. Eso proporciona el mismo placer que follar, la he extrañado, tanto, que a veces me he sorprendido buscando las fotos que le saqué hace tiempo, en la memoria de mi cámara digital, y sonriendo cuando las encuentro, dándole al zum para verle mejor los ojos, la sonrisa, la forma de sus pechos.
Hoy, me espera sentada en una banca del parque, está abrigada con una gran gabardina negra que tapa todo, menos sus botas, no sé porqué pero ver a chicas con esos abrigos me pone muy loco, o quizá sea ella, porque la recuerdo sobre mi, de color azul, las luces de la habitación estaban apagadas, las imágenes de la televisión teñían su piel de ese color, era como si yo hubiera estado fornicando en el cielo, como si el cielo estuviera encerrado en la habitación, todo era azul.
Me besa, al momento de sentarme a su lado, como si fuera una niña que se ha escapado de la escuela para besar a su novio, porque acaban de descubrir los besos, nos besamos con la lengua, con mucha lengua, me avergüenza besar en la calle, hace años que no beso en la calle, me siento un adolescente besando en la calle, pienso que los besos en la calle son una pérdida de tiempo, se besa en la cama, desnudos, uno frente al otro, que nadie nos vea besarnos, cuando por fin, separamos nuestras bocas para besarnos con la mirada, sorprendemos a un viejo, nos estaba observando, detuvo su camino para mirar nuestro beso, lo miramos, disimula, sigue adelante sonrojado, nosotros estallamos en carcajadas, estoy seguro que imaginaba que era él quien la besaba.
Tras estar así por un largo momento, la acompaño hasta la estación del metro, por la calle, me da la mano:
-¿No te da miedo que nos vea alguien? –le pregunto.
-El DF es tan grande. Es muy difícil –contesta.
Caminando, a nuestro alrededor, veo otras parejas de la mano y pienso en la romántica idea de que, quizá, el DF es la ciudad libre de los amantes.
Nos besamos en cada esquina, nos separamos pero cada paso que damos a continuación, es para volvernos a plegar el uno sobre el otro, cada vez que mi lengua roza su lengua es el momento más sexual de mi vida, nos besamos demasiado demasiadas veces la lengua, todo el rato, ocupando la boca del otro ella se acerca tantas veces a la mía, buscando besos, que hasta me da risa, pero evito reírme porque me encanta que me quiera besar, estoy halagado, soy un imbécil que le mete la lengua a la chica más bonita del mundo, siempre que beso a una chica guapa sé que no lo merezco, siempre pienso que va aparecer alguien a reventarme la cara a madrazos, que la policía me va a detener, porque yo soy una mierda y no merezco el cielo.
Rechazo su último beso, preocupado por su trabajo:
-Vete ya, se te va hacer tarde.
Con pena, saca su boleto, lo mete dentro del torniquete y éste le da paso, sólo a ella, nos separamos:
-Adiós.
Nos damos la espalda, yo camino de prisa hacia mi casa, tengo hambre, voy a comer algo, me da remordimiento, doy la vuelta, me regreso, saco mi boleto del metro, el torniquete me deja pasar la busco, la encuentro, la beso justo cuando la gente sale en manada de un vagón, la gente se topa de frente con esta historia de amor ,y civilizados, siguen caminando como si nada con sus pasos rápidos, en busca de las escaleras que dan a la superficie, como si tuvieran miedo de quedarse sin aire, como si toda la gente del mundo no deseara tener un amante a quien besar apasionadamente, en las horas libres del trabajo.
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