I
Me da vergüenza que a mi madre se la haya follado un chino. Cada vez que entro en una tienda de comida rapida y veo, tras el mostrador, a un chino viejo, pienso que quizá sea mi padre. Mi padre era chino y un hijo de puta. Se folló a mi madre y la dejó. Nunca vi, ni conocí a mi padre. Hay millones de chinos. Tantos como moscas. Los chinos son las moscas, y la humanidad, la mierda.
Aparte de ese brote racista justificado, soy buena persona. Me llamo Yin: dentro de dos semanas cumplo 33 años. La edad en la que crucificaron a Jesucristo. Yo llevo crucificado varios años: por las pelotas: puta vida: puto trabajo de mierda.
Trabajo de Aux. contable en una oficina. Cobro 12000 pesos al mes. Soy un subhumano. Subhumano es toda persona que no lucha por sus sueños y deja que una rutina que lo hace desgraciado se adueñe de su vida. Me hubiera gustado ser dibujante de comics. Un subhumano es una persona que morirá y que nadie recordará. Una persona que nunca se rebela contra su rutina gris. Un número: soy esa combinación de lotería que se hace pero no es el numero ganador: ese papelito doblado que se tira a la basura.
Vivo con mi madre. Casi no hablo con nadie. No tengo amigos. En mi adolescencia odiaba a mi madre: no le hablaba: sólo la insultaba y gritaba: me la imaginaba jadeando de placer debajo de un chino. Para colmo me puso el nombre de quien se la folló: Yin. No sé por qué me hizo esa putada. En la escuela preguntaban:
-¿Dónde está tu padre?
Yin. Ese nombre me hace recordar, cada día, que soy un hijo bastardo...no pensé que fuera a escribir en este diario que hoy empiezo sobre mi padre: pero es que a mis casi 33 años sigo jodido, pensando en eso. Ojalá mi madre me hubiera llamado Rodolfo. Aunque suene a maricón. Ella nunca se casó: los hombres se reían de ella ¿Quién se va a casar con una mujer que permitió que un chino expulsara semen con pus amarilla dentro de su vagina y la dejara embarazada?...
I
No estoy enamorado de mi compañera de oficina: sólo quiero follármela. Ana. Deseo follarte, humillándote. Odio que seas tan guapa, tan delicada, tan elegante, tan pequeñita. A mi no me engañas: TE METES MUCHOS PENES LOS FINES DE SEMANA. Odio que hables de ese modo tan correcto, sacando la lengua un poco, mostrando tus grandes dientes blancos: dientes con los que te comes con mordiscos salvajes mi corazón. Odio que sonrías de ese modo que sepas que, desde que entras en un lugar, todo el mundo te quiere follar. Odio que vistas tan elegante, que toda la ropa que te pongas te quede tan sexy, que te subas los pantalones por detrás y se te marque tanto el culo: odio verte los calzones un poquito. Daría mi vida, todo mi dinero, todas mis posesiones, mi cabeza, por una mamada tuya. TRÁGATE MI SEMEN. Cuantas veces he estado en el baño de la oficina con el pene de fuera, la puerta cerrada sin el seguro, deseando, soñando que entres despistada y me lo veas: erecto. Sueño con romperte el culo. Me gustaría follarte mil veces, grabarlo todo en video y luego sacarte de mi cama, de mi casa a empujones: desnuda: tirarte a la calle: como hizo mi padre con mi madre: que tú, Ana, me suplicaras, que lloraras: odio no poder tratarte como a una perra.
Nunca te hablo y, cuando lo hago, me sonrojo: no soporto que me mires a la cara, a mi calva. No soporto que me veas caminar. No soporto que veas mi barriga. A pesar de que no tienes cojones eres más hombre que yo. Llevas mucho menos tiempo que yo en la empresa y ya cobras más y tienes mejores días libres, mejor oficina. Hablas más alto. Odio que seas una mujer libre, que no estés entre cadenas, que haya leyes que me impidan violarte, que no seas puta, que no seas una máquina de refresco en la que pueda echar una moneda y yo, a cambio, pueda meterte el pene: odio que el jefe te sonría sólo a ti: ODIO QUE LE DEVUELVAS LA SONRISA. Odio que nunca me hables y, que cuando lo hagas, sea con una sonrisa que me esclaviza a ti: que hace que me abra de piernas, deseando que tuvieras pene y yo vagina: que me lo metieras. Odio tener sólo dos pantalones para la chaqueta del trabajo y que tú lo sepas (en eso seguro que te has fijado). Odio estar gordo y calvo: odio que veas mis manchas amarillas debajo de mis axilas, provocadas por el desodorante barato. Odio no estar dentro de tu lista de posibles candidatos para follar. Odio ser para ti sólo el gordo imbécil de la oficina que no te deja de mirar. Eres pequeñita. Eres mi Hitler. Mi campo de concentración donde se me extermina. Quiero que cuando muera te comas mi carne, que te la vendan, engañada, en el mercado. Quiero que me comas y me cagues. Quiero estar dentro de tus intestinos, de tu estómago: ser un poco de oxígeno en tu corazón.
III
Soy el Auxiliar contable que más trabaja de la oficina, pero el que menos cobra. Soy el único que sabe hacer todo el trabajo pero el menos valorado. Tendría que alzar mi voz, hacerme valer, cobrar más: pero no sé hablar, me pongo nervioso. Sé que no soy imprescindible ¿Quién es imprescindible hoy en día? La humanidad no es nada. Siento que me están haciendo un favor teniéndome en esta oficina. Les incomoda mi presencia: mi gordura, mi calvicie, mi forma de ser, callada y nerviosa. Ese dinero que no me pagan es el dinero que yo les pago por soportarme. A menudo me quedo ha trabajar hasta tarde: cuando todos mis compañeros se han ido: haciendo el trabajo de ellos: los pocos días que mi jefe se queda en la oficina hasta la noche y me ve allí, trabajando, bajo un montón de papeles, el muy cabrón me dice:
-Es que no sabes organizar tu tiempo.
Cuando regreso a casa encuentro a mi madre dormida frente al televisor. Me ha hecho la cena. Ella trabaja de limpieza en unos grandes almacenes. Me como la cena que ha preparado a pesar que, de camino a casa, he cenado dos panes y que llevo meses torturándome, con la idea de empezar el régimen, para dejar de ser gordo. Me gustaría estrangular a mi madre vieja. Arrancarle su vagina repugnante con un chuchillo y tirarlo a un contenedor de basura. Y a ella enterrarla en un bosque muy verde. Creo que ella sería feliz muerta. Cuando ella muera yo heredaré esta casa. Es pequeña pero, por lo menos, ya no viviré con mi madre: la gente se reirá menos de mí.
Tras la cena me acuesto en la cama, trato de masturbarme pensando en mi compañera de oficina. Pero no se me para: porque la imagino riéndose de mi pene, diciendo que es muy pequeño y que no sé mantenerlo firme: que es el pene más mierda de todos los idiotas con los que ha estado. Para colmo, en mi mente, se confunden las imágenes: a la vez que la imagino desnuda veo la cara de mi jefe. Cierro los ojos. Trato de descubrir si soy homosexual. Imagino que se lo estoy metiendo por el culo a mi jefe. Imagino a mi jefe a cuatro patas y yo metiéndoselo por detrás. El pene se me pone totalmente flácido. No consigo una erección. Otra vez veo la sonrisa y los dientes blancos de mi compañera de trabajo:
-Eres un maricón –me dice. Y luego suelta su estridente risita de niña buena.
-Quisiera poseerte Ana –digo en susurros, a mi almohada, a punto de llorar- quisiera que me amaras. No te rías de mí, por favor. Te amo. Quiero dejar de estar solo. Sácame de este infierno que es mi vida.
Historias Largas de suicidios cortos (Vol.I) "Fragmentos"
**Gracias a la gaceta por el reconocimiento (en especial al Tona)
Pt. I
Desde que nací vivo postrado en una puta cama. Veinte años sin levantarme, inmovilizado, inyectándome tranquilizantes que calman los latidos de mi corazón. Si paro de tomar esas fuertes drogas los médicos aseguran mi deceso. Sufro continuos, impredecibles y largos ataques de adrenalina que tratan de hacer puré mi corazón hasta lo humanamente insoportable.
Hoy he decidido que voy a ponerle fin a eso. Mi hermana se va a casar, ya tiene la fecha de su boda. La verdad siempre he estado enamorado de ella. Enamorado en serio, no como se enamoran las personas normales, me refiero a los Pinches ineptos que viven en la ciudad. Los ineptos que sí pueden caminar y que tienen vidas normales porque no viven pegados a una puta cama. Jamás he tenido el valor de confesárselo a mi hermana. Sólo de amarla en silencio. De masturbarme en soledad. En el siguiente ataque de adrenalina, no voy a apretar el botón que inyecta los medicamentos que necesito para calmar mi corazón. Porque no hay nada que cure el amor. Únicamente la muerte.
Nunca será mía.
Desde el quinto piso en donde medio vivo, observo por la ventana. Busco a alguna mujer que se parezca a mi hermana. Necesito imaginar que viene a visitarme antes de mi muerte y a decirme, maldita sea, ya sé que no debería, pero te amo, te deseo, hermano. Una vez más mi corazón ha comenzado a latir con esa puta prisa endemoniada. Cada segundo a mayor intensidad. Cierro los ojos, siento el sabor de la muerte en mi boca. O quizá a esto sabe el terror. No apretaré el botón, ¿Mil pulsaciones por segundo? ¿Es eso posible? ¿Aun no estoy muerto? Nunca había sentido eso. Voy a partirme en dos. Como si fuera aventado por una catapulta salgo disparado de la cama, hacia la ventana, atravesándola. Mi enclenque cuerpo rompe el cristal en mil pedazos. Sin embargo, no caigo. Floto. Vuelo ¿Qué es esto? Tengo alas. Me han salido alas. Alas de buitre gigante ¿Qué ocurre?
Con naturalidad vuelo por el cielo, igual de fácil que parpadear. No me cuesta nada hacerlo. Si hubiera dejado antes de tomar los tranquilizantes, no habría vivido veinte años postrado en una puta cama. Yo no era un enfermo. Era un hombre buitre.
Lloro. Veinte años de vida desperdiciados. Una lágrima se desliza por mi mejilla y cae al vacío hasta, curiosamente, llegar a los labios de quien siempre he amado en secreto y con vergüenza. Nadie es testigo de mi vuelo. Mi lágrima –cualquiera creerá que era sólo eso- cae como gota de lluvia sobre los labios de mi hermana que, mil metros más abajo, espera un autobús para reencontrarse con su prometido, con quien prepara una boda que nunca se realizará.
**A Israel por el aguante y su bella locura q nos hace hermanos
Pt. II
En la copa de un frondoso árbol, oculto entre sus ramas espío, miro a través de una ventana, un humilde hogar. Me ha llamado la atención la historia que de allí sale.
Desde que me salieron alas, veo y sé cosas para las que los Pinches ineptos están cegados. Observo a una mujer muy esquelética, de casi cuarenta años de edad. Su nombre es Martha. No hace otra cosa más que pintar, como si estuviera en trance, cuadros que tienen como único tema calaveras y diablos.
-¡Pinches fantasías de mierda! –Le grita su marido- ¡Pendejadas propias de una adolescente, no de una madre que tiene que cuidar a una niña de 5 años y ganar un sueldo! ¡Dormir y pintar, no haces nada más!
Cuando la delgada mujer no está pintando, cae agotada sobre la cama. Pasa más tiempo durmiendo (atrapada por un sueño muy profundo) que despierta. A Martha no le interesa este mundo. Piensa que tiene que existir algo más inteligente en algún otro sitio. Esta sociedad creada por los Pinches ineptos es tan vacía y vulgar como el mito de Sísifo y su piedra. El sin sentido de subir, cada día, una pesada piedra hasta la cima de una montaña, para una vez allí, tirarla al vacio y correr de nuevo, montaña abajo, con el propósito de volver a subir otra pesada piedra y tirarla nuevamente, hasta que por fin llegue la muerte y extinga esa irrelevante y estúpida forma de vida.
- Sísifo es cualquier pendejo que veo por la calle –asegura para sí la delgada mujer- y su piedra, su sueldo.
La pintora viste con ropa vieja y gastada. En la calle la tratan sin respeto porque su ropa revela su bajo poder adquisitivo. Su esposo continúa gritándole. Le recuerda que con su sueldo no le alcanza para pagar todas las deudas, que su hija y él necesitan que encuentre un trabajo. El marido pasa todo el día trabajando en el taller y cuando llega por la noche, tras sufrir diarios y humillantes abusos laborales, encuentra a la hija de ambos descuidada, la casa sucia y a la delgada mujer, durmiendo o pintando.
-¡Tus cuadros nunca se venden! –Continua gritando su marido- ¡Pasas el día pintando como una pendeja loca! ¡Ni siquiera le haces la cena a tu hija! ¡Si no fuera por los cuidados que le da mi madre, no sé qué habría sido de ella! ¡No lo sé!
Llorando, su marido toma a la niña en brazos y le comunica a la delgada pintora que la abandona. Hace tiempo que se ve con otra mujer, una compañera del taller. Ha decidido empezar una nueva vida a su lado. Una vida junto a una persona seria y responsable con la que pueda seguir adelante, con la que pueda pagar las deudas.
-Tú y yo nos conocimos cuando éramos muy jóvenes –gimotea ahora el marido- Eras preciosa, mágica, tu mundo de fantasía y arte me parecía fascinante. Pero yo no he tenido otro remedio que madurar a fuerza de luchar contra la vida. Tú no. Has seguido adelante a pesar de que sabes que eres un fracaso como artista. Una actitud como la tuya es entendible cuando se es joven; pero cuando se es un adulto, cuando se tiene una hija a la que cuidar, resulta ridícula y enfermiza.
Ella lo mira, acepta sus palabras, se acuesta en la cama. Y tapada con una sabana, susurra:
-Tengo que dormir. Estoy cansada. Sé que tienes razón, pero no puedo dejar de pintar esos cuadros, ni de soñar. No sé por qué. Vete con esa mujer y entrégale nuestra hija. Te comprendo y no te guardaré rencor. Ustedes la cuidaran mejor. Tengo que dormir. Déjame dormir.
A la vez que el marido cierra la puerta de su casa, para no regresar jamás y rumbo a otra infelicidad, ella cierra sus ojos y duerme. La pintora delgada sabe que, cuando los vuelva a abrir, estará sola y sin dinero. Sabe que, dentro de un tiempo, la correrán de esa casa y estará viviendo en la calle. Sabe que su actitud es egoísta, autodestructiva, no obstante, necesita pintar del mismo modo que cualquier persona necesita respirar. Incluso se avergüenza, porque un trocito de su corazón ha sonreído de felicidad al conocer que, por lo menos por unos días, no habrá nadie en casa para molestarla, ni siquiera su hija. Podrá estar dedicada por completo a su arte. Además podrá dormir sin sobresaltos todo lo que necesite.
Desde que me han salido alas de buitre, veo otras dimensiones que ustedes, los Pinches ineptos, no pueden ver. Por eso no dejo de maravillarme. Veo a mil espíritus arrodillados alrededor de la delgada pintora. Cuando ella se mueve ellos también, sin levantarse, sin dejar un segundo de alabarla y honrarla, moviendo sus rodillas que sangran –sangre dorada de espíritu, origina oro en polvo en la vida real- por rasparlas contra el suelo. Mayra es una asesina de demonios, uno de los trabajos más importantes de la otra dimensión. Y los espíritus la honran y alaban a todas horas. La pintora no sabe nada de esto, es inconsciente de que cada vez que le entra sueño profundo es porque la necesitan urgentemente, porque la llaman desde el palacio brillante, para que capture a los demonios que pinta en sus cuadros. Demonios que sólo ella, de ese modo, localiza horas antes de que vayan a abandonar el cuerpo humano que han poseído. Si no los localizara y luego asesinara, esos demonios se multiplicarían y transformarían su vida de Pinches ineptos, en una pesadilla permanente e infernal.
-Dentro de unas horas –le avisan desde el castillo de cristal- uno de los demonios que nos has mostrado en tus cuadros abandonará el cuerpo humano que ocupa.
Si Martha no asesina ese demonio, justo cuando abandone el cuerpo humano que ha poseído, el demonio ocupará uno nuevo.
La delgada pintora, fea, inútil en la vida de los Pinches ineptos, es inconsciente de su paralela vida astral. Sólo sabe que de pronto llegan a su cabeza, caras horribles que necesita plasmar en su pintura. Si no saca esas imágenes de su interior, perdería la cordura. Ayer, una vecina que se encontró por la calle le escupió a la cara y la llamó puta. Dentro de una semana, la echaran de esa casa y tendrá que dormir en la calle. A partir de ese momento la mujer delgada pintará las caras de los demonios sobre la banqueta. Con carbón, o utilizando sangre que sacará de su cuerpo, auto flagelándose.
Otra loca más sobre la acera de una gran ciudad que, al pasear, los Pinches ineptos tendrán que evitar pisar.
*Dedicado a la señora que duerme en la calle, a un costado de la Iglesia de Sn. Martin Tepetlixpan.
Pt. III
Juan Arteaga es el nombre del futuro esposo de mi hermana. Tiene cuarenta años. Ha escrito varias cosas, pero no es conocido por eso, ya que ninguna editorial ha deseado publicar sus escritos. Es español aunque vive en México desde el 2003, trabajando de profesor en una escuela de la ciudad. Adinerado gracias a la herencia que recibió después del fallecimiento de su padre, vive solo en una lujosa zona residencial. En un departamento solitario, el más aislado, el más grande, casi podría llamarse una mansión. Su madre, que aun vive en España, en la casa donde vivió con su ex marido, lo ama y planea irse a vivir pronto a México para asesinarlo. Mi hermana llegará a la casa de Juan Arteaga dentro de una hora, justo lo que tarda en hacer el recorrido el taxi privado y de lujo que paga la asociación de colonos de la zona residencial donde vive. En cuanto su prometida llegue, Juan desea tener sexo con ella. Sin embargo, antes, planea violar otra vez, a la niña que retiene secuestrada desde hace siete meses. A Juan le excita vaciar su placer dentro de la niña de siete años y luego, hacer exactamente lo mismo, dentro de la vagina de mi hermana. La niña está encadenada en un sótano oculto. Se accede al sótano por un pasadizo secreto que Juan Arteaga ha construido sin que nadie sepa. Ahora, allí, se entretiene preparando una gran fogata. Le gusta violar a la niña al lado del fuego. Le gusta oír sus gritos mientras prepara una gran hoguera. Cada vez que Juan Arteaga baja al sótano a preparar la fogata, la niña sabe que va a ser violada y comienza a gritar aterrorizada. Eso, para el futuro esposo de mi hermana, son los preliminares. Con eso empieza a excitarse.
No obstante, mi hermana ha llegado antes a la casa de su novio. Porque en la parada del taxi, se encontró de casualidad, con una amable vecina que conducía su lujoso automóvil; por educación y a raíz de la coincidencia la vecina decidió acercarla hasta la casa. Mi hermana, con su llave de novia, entra en la casa. Por una vez, Juan Arteaga ha sido descuidado y no ha tomado las precauciones necesarias y de costumbre, que han evitado que sus maldades sean secretas para sus seres queridos. Ha dejado abierto el acceso secreto al sótano – donde ha violado y matado niñas tantas veces ya-. Mi hermana, sorprendida, alarmada, desubicada, camina por un pasadizo del que no conocía su existencia: los gritos de terror de una niña y los jadeos de placer sexual de un adulto la guían. Llega al final. Lo ve. Su futuro marido viola a una niña de siete años. Al lado de un gran pene que destroza una pequeña vagina, hay una gran hoguera. Mi hermana grita, como no has oído gritar a nadie, Pinche inepto. Juan Arteaga se ve desnudo, frente a su futura esposa. Espantado, horrorizado, se ve a sí mismo. Mi hermana era él único lugar donde él dejaba de ser un monstruo. Y, ahora, sabe que ha perdido ese lugar de paz para siempre. No puede disculparse, entenderse, explicarse: es un monstruo y huye. La niña de siete años cuando por fin se ve libre de las manos del demonio, sin dudar, se arroja al fuego. Mi hermana no tiene tiempo para detenerla. La niña, feliz, arde, se quema, muere. Creo que con una mueca en la cara que recuerda a una sonrisa. Alegrémonos por la niña, su dolor desaparece, no podemos hacer nada por ella porque ya ha muerto. No crecerá en un manicomio ni será una adulta demente y atormentada. No irá a hospitales a matar a los recién nacidos que sanan en incubadoras.
Juan Arteaga afuera de la casona, huye en su antiguo automóvil. Es un Cadillac del 76, parte de la herencia de su padre. Un coche con clase, decía su padre, quien le enseñó a violar niñas desde que lo consideró un hombre. Juan razona que ya no tiene a donde escapar. Todo saldrá a la luz, no puede si quiera empezar una nueva vida en otro país. Detiene el coche en el bosque, corta un trozo de manguera que guarda en la cajuela, la conecta al tubo de escape, se sienta en el asiento del conductor de su coche con clase, cierra las ventanillas, lo enciende, introduce el lado contrario de la manguera dentro de su boca y, al rato, logra morir asfixiado.
Y el demonio, que poseía a ese Pinche inepto, huye del cuerpo sin vida, porque la muerte de los cuerpos enferma las almas, aunque sean demoniacas. Pero a su lado, aguardándolo, acechándolo, se halla la pintora delgada, con uno de sus dedos de espíritu, que es un cuchillo. El demonio lo recibe y muere para siempre.
Mientras tanto, en el hogar de quien iba a ser su futuro esposo, mi hermana, desquiciada, decide extender la hoguera y acabar con todo. Prende el sótano, la parte de la casa que más lo merece, luego el resto de los pisos por encubridores, primer piso, segundo y, en una silla del tercero, se sienta a esperar a que las llamas suban.
Cuando llegan, se tira por la ventana. Tampoco su cuerpo se aplasta con el suelo. A mi hermana también le salen alas de buitre.
-Somos humanos buitres –le digo, porque estoy a su lado- Y te amo.
Y volamos.
Dejamos en el suelo, consumiéndose, la casa de los horrores ardientes de Juan Arteaga. Jamás encontrarán ni sabrán nada de su sótano de terror. Jamás sabrán que era un asesino y un despiadado violador de menores. No obstante, alguien encontrará en el despacho de la universidad donde imparte clases, su novela rechazada. Será entonces por fin publicada y, por todos, recordado como un genio incomprendido mientras respiraba.
-Y una buena persona –afirmará su madre, que en secreto mató a su padre cuando descubrió sus perversiones, y rogó a su hijo se fuera del país, para no tenerlo que matar también a él. Ojos que no ven, corazón que no siente, pensaba.
***...
Pt. I
Desde que nací vivo postrado en una puta cama. Veinte años sin levantarme, inmovilizado, inyectándome tranquilizantes que calman los latidos de mi corazón. Si paro de tomar esas fuertes drogas los médicos aseguran mi deceso. Sufro continuos, impredecibles y largos ataques de adrenalina que tratan de hacer puré mi corazón hasta lo humanamente insoportable.
Hoy he decidido que voy a ponerle fin a eso. Mi hermana se va a casar, ya tiene la fecha de su boda. La verdad siempre he estado enamorado de ella. Enamorado en serio, no como se enamoran las personas normales, me refiero a los Pinches ineptos que viven en la ciudad. Los ineptos que sí pueden caminar y que tienen vidas normales porque no viven pegados a una puta cama. Jamás he tenido el valor de confesárselo a mi hermana. Sólo de amarla en silencio. De masturbarme en soledad. En el siguiente ataque de adrenalina, no voy a apretar el botón que inyecta los medicamentos que necesito para calmar mi corazón. Porque no hay nada que cure el amor. Únicamente la muerte.
Nunca será mía.
Desde el quinto piso en donde medio vivo, observo por la ventana. Busco a alguna mujer que se parezca a mi hermana. Necesito imaginar que viene a visitarme antes de mi muerte y a decirme, maldita sea, ya sé que no debería, pero te amo, te deseo, hermano. Una vez más mi corazón ha comenzado a latir con esa puta prisa endemoniada. Cada segundo a mayor intensidad. Cierro los ojos, siento el sabor de la muerte en mi boca. O quizá a esto sabe el terror. No apretaré el botón, ¿Mil pulsaciones por segundo? ¿Es eso posible? ¿Aun no estoy muerto? Nunca había sentido eso. Voy a partirme en dos. Como si fuera aventado por una catapulta salgo disparado de la cama, hacia la ventana, atravesándola. Mi enclenque cuerpo rompe el cristal en mil pedazos. Sin embargo, no caigo. Floto. Vuelo ¿Qué es esto? Tengo alas. Me han salido alas. Alas de buitre gigante ¿Qué ocurre?
Con naturalidad vuelo por el cielo, igual de fácil que parpadear. No me cuesta nada hacerlo. Si hubiera dejado antes de tomar los tranquilizantes, no habría vivido veinte años postrado en una puta cama. Yo no era un enfermo. Era un hombre buitre.
Lloro. Veinte años de vida desperdiciados. Una lágrima se desliza por mi mejilla y cae al vacío hasta, curiosamente, llegar a los labios de quien siempre he amado en secreto y con vergüenza. Nadie es testigo de mi vuelo. Mi lágrima –cualquiera creerá que era sólo eso- cae como gota de lluvia sobre los labios de mi hermana que, mil metros más abajo, espera un autobús para reencontrarse con su prometido, con quien prepara una boda que nunca se realizará.
**A Israel por el aguante y su bella locura q nos hace hermanos
Pt. II
En la copa de un frondoso árbol, oculto entre sus ramas espío, miro a través de una ventana, un humilde hogar. Me ha llamado la atención la historia que de allí sale.
Desde que me salieron alas, veo y sé cosas para las que los Pinches ineptos están cegados. Observo a una mujer muy esquelética, de casi cuarenta años de edad. Su nombre es Martha. No hace otra cosa más que pintar, como si estuviera en trance, cuadros que tienen como único tema calaveras y diablos.
-¡Pinches fantasías de mierda! –Le grita su marido- ¡Pendejadas propias de una adolescente, no de una madre que tiene que cuidar a una niña de 5 años y ganar un sueldo! ¡Dormir y pintar, no haces nada más!
Cuando la delgada mujer no está pintando, cae agotada sobre la cama. Pasa más tiempo durmiendo (atrapada por un sueño muy profundo) que despierta. A Martha no le interesa este mundo. Piensa que tiene que existir algo más inteligente en algún otro sitio. Esta sociedad creada por los Pinches ineptos es tan vacía y vulgar como el mito de Sísifo y su piedra. El sin sentido de subir, cada día, una pesada piedra hasta la cima de una montaña, para una vez allí, tirarla al vacio y correr de nuevo, montaña abajo, con el propósito de volver a subir otra pesada piedra y tirarla nuevamente, hasta que por fin llegue la muerte y extinga esa irrelevante y estúpida forma de vida.
- Sísifo es cualquier pendejo que veo por la calle –asegura para sí la delgada mujer- y su piedra, su sueldo.
La pintora viste con ropa vieja y gastada. En la calle la tratan sin respeto porque su ropa revela su bajo poder adquisitivo. Su esposo continúa gritándole. Le recuerda que con su sueldo no le alcanza para pagar todas las deudas, que su hija y él necesitan que encuentre un trabajo. El marido pasa todo el día trabajando en el taller y cuando llega por la noche, tras sufrir diarios y humillantes abusos laborales, encuentra a la hija de ambos descuidada, la casa sucia y a la delgada mujer, durmiendo o pintando.
-¡Tus cuadros nunca se venden! –Continua gritando su marido- ¡Pasas el día pintando como una pendeja loca! ¡Ni siquiera le haces la cena a tu hija! ¡Si no fuera por los cuidados que le da mi madre, no sé qué habría sido de ella! ¡No lo sé!
Llorando, su marido toma a la niña en brazos y le comunica a la delgada pintora que la abandona. Hace tiempo que se ve con otra mujer, una compañera del taller. Ha decidido empezar una nueva vida a su lado. Una vida junto a una persona seria y responsable con la que pueda seguir adelante, con la que pueda pagar las deudas.
-Tú y yo nos conocimos cuando éramos muy jóvenes –gimotea ahora el marido- Eras preciosa, mágica, tu mundo de fantasía y arte me parecía fascinante. Pero yo no he tenido otro remedio que madurar a fuerza de luchar contra la vida. Tú no. Has seguido adelante a pesar de que sabes que eres un fracaso como artista. Una actitud como la tuya es entendible cuando se es joven; pero cuando se es un adulto, cuando se tiene una hija a la que cuidar, resulta ridícula y enfermiza.
Ella lo mira, acepta sus palabras, se acuesta en la cama. Y tapada con una sabana, susurra:
-Tengo que dormir. Estoy cansada. Sé que tienes razón, pero no puedo dejar de pintar esos cuadros, ni de soñar. No sé por qué. Vete con esa mujer y entrégale nuestra hija. Te comprendo y no te guardaré rencor. Ustedes la cuidaran mejor. Tengo que dormir. Déjame dormir.
A la vez que el marido cierra la puerta de su casa, para no regresar jamás y rumbo a otra infelicidad, ella cierra sus ojos y duerme. La pintora delgada sabe que, cuando los vuelva a abrir, estará sola y sin dinero. Sabe que, dentro de un tiempo, la correrán de esa casa y estará viviendo en la calle. Sabe que su actitud es egoísta, autodestructiva, no obstante, necesita pintar del mismo modo que cualquier persona necesita respirar. Incluso se avergüenza, porque un trocito de su corazón ha sonreído de felicidad al conocer que, por lo menos por unos días, no habrá nadie en casa para molestarla, ni siquiera su hija. Podrá estar dedicada por completo a su arte. Además podrá dormir sin sobresaltos todo lo que necesite.
Desde que me han salido alas de buitre, veo otras dimensiones que ustedes, los Pinches ineptos, no pueden ver. Por eso no dejo de maravillarme. Veo a mil espíritus arrodillados alrededor de la delgada pintora. Cuando ella se mueve ellos también, sin levantarse, sin dejar un segundo de alabarla y honrarla, moviendo sus rodillas que sangran –sangre dorada de espíritu, origina oro en polvo en la vida real- por rasparlas contra el suelo. Mayra es una asesina de demonios, uno de los trabajos más importantes de la otra dimensión. Y los espíritus la honran y alaban a todas horas. La pintora no sabe nada de esto, es inconsciente de que cada vez que le entra sueño profundo es porque la necesitan urgentemente, porque la llaman desde el palacio brillante, para que capture a los demonios que pinta en sus cuadros. Demonios que sólo ella, de ese modo, localiza horas antes de que vayan a abandonar el cuerpo humano que han poseído. Si no los localizara y luego asesinara, esos demonios se multiplicarían y transformarían su vida de Pinches ineptos, en una pesadilla permanente e infernal.
-Dentro de unas horas –le avisan desde el castillo de cristal- uno de los demonios que nos has mostrado en tus cuadros abandonará el cuerpo humano que ocupa.
Si Martha no asesina ese demonio, justo cuando abandone el cuerpo humano que ha poseído, el demonio ocupará uno nuevo.
La delgada pintora, fea, inútil en la vida de los Pinches ineptos, es inconsciente de su paralela vida astral. Sólo sabe que de pronto llegan a su cabeza, caras horribles que necesita plasmar en su pintura. Si no saca esas imágenes de su interior, perdería la cordura. Ayer, una vecina que se encontró por la calle le escupió a la cara y la llamó puta. Dentro de una semana, la echaran de esa casa y tendrá que dormir en la calle. A partir de ese momento la mujer delgada pintará las caras de los demonios sobre la banqueta. Con carbón, o utilizando sangre que sacará de su cuerpo, auto flagelándose.
Otra loca más sobre la acera de una gran ciudad que, al pasear, los Pinches ineptos tendrán que evitar pisar.
*Dedicado a la señora que duerme en la calle, a un costado de la Iglesia de Sn. Martin Tepetlixpan.
Pt. III
Juan Arteaga es el nombre del futuro esposo de mi hermana. Tiene cuarenta años. Ha escrito varias cosas, pero no es conocido por eso, ya que ninguna editorial ha deseado publicar sus escritos. Es español aunque vive en México desde el 2003, trabajando de profesor en una escuela de la ciudad. Adinerado gracias a la herencia que recibió después del fallecimiento de su padre, vive solo en una lujosa zona residencial. En un departamento solitario, el más aislado, el más grande, casi podría llamarse una mansión. Su madre, que aun vive en España, en la casa donde vivió con su ex marido, lo ama y planea irse a vivir pronto a México para asesinarlo. Mi hermana llegará a la casa de Juan Arteaga dentro de una hora, justo lo que tarda en hacer el recorrido el taxi privado y de lujo que paga la asociación de colonos de la zona residencial donde vive. En cuanto su prometida llegue, Juan desea tener sexo con ella. Sin embargo, antes, planea violar otra vez, a la niña que retiene secuestrada desde hace siete meses. A Juan le excita vaciar su placer dentro de la niña de siete años y luego, hacer exactamente lo mismo, dentro de la vagina de mi hermana. La niña está encadenada en un sótano oculto. Se accede al sótano por un pasadizo secreto que Juan Arteaga ha construido sin que nadie sepa. Ahora, allí, se entretiene preparando una gran fogata. Le gusta violar a la niña al lado del fuego. Le gusta oír sus gritos mientras prepara una gran hoguera. Cada vez que Juan Arteaga baja al sótano a preparar la fogata, la niña sabe que va a ser violada y comienza a gritar aterrorizada. Eso, para el futuro esposo de mi hermana, son los preliminares. Con eso empieza a excitarse.
No obstante, mi hermana ha llegado antes a la casa de su novio. Porque en la parada del taxi, se encontró de casualidad, con una amable vecina que conducía su lujoso automóvil; por educación y a raíz de la coincidencia la vecina decidió acercarla hasta la casa. Mi hermana, con su llave de novia, entra en la casa. Por una vez, Juan Arteaga ha sido descuidado y no ha tomado las precauciones necesarias y de costumbre, que han evitado que sus maldades sean secretas para sus seres queridos. Ha dejado abierto el acceso secreto al sótano – donde ha violado y matado niñas tantas veces ya-. Mi hermana, sorprendida, alarmada, desubicada, camina por un pasadizo del que no conocía su existencia: los gritos de terror de una niña y los jadeos de placer sexual de un adulto la guían. Llega al final. Lo ve. Su futuro marido viola a una niña de siete años. Al lado de un gran pene que destroza una pequeña vagina, hay una gran hoguera. Mi hermana grita, como no has oído gritar a nadie, Pinche inepto. Juan Arteaga se ve desnudo, frente a su futura esposa. Espantado, horrorizado, se ve a sí mismo. Mi hermana era él único lugar donde él dejaba de ser un monstruo. Y, ahora, sabe que ha perdido ese lugar de paz para siempre. No puede disculparse, entenderse, explicarse: es un monstruo y huye. La niña de siete años cuando por fin se ve libre de las manos del demonio, sin dudar, se arroja al fuego. Mi hermana no tiene tiempo para detenerla. La niña, feliz, arde, se quema, muere. Creo que con una mueca en la cara que recuerda a una sonrisa. Alegrémonos por la niña, su dolor desaparece, no podemos hacer nada por ella porque ya ha muerto. No crecerá en un manicomio ni será una adulta demente y atormentada. No irá a hospitales a matar a los recién nacidos que sanan en incubadoras.
Juan Arteaga afuera de la casona, huye en su antiguo automóvil. Es un Cadillac del 76, parte de la herencia de su padre. Un coche con clase, decía su padre, quien le enseñó a violar niñas desde que lo consideró un hombre. Juan razona que ya no tiene a donde escapar. Todo saldrá a la luz, no puede si quiera empezar una nueva vida en otro país. Detiene el coche en el bosque, corta un trozo de manguera que guarda en la cajuela, la conecta al tubo de escape, se sienta en el asiento del conductor de su coche con clase, cierra las ventanillas, lo enciende, introduce el lado contrario de la manguera dentro de su boca y, al rato, logra morir asfixiado.
Y el demonio, que poseía a ese Pinche inepto, huye del cuerpo sin vida, porque la muerte de los cuerpos enferma las almas, aunque sean demoniacas. Pero a su lado, aguardándolo, acechándolo, se halla la pintora delgada, con uno de sus dedos de espíritu, que es un cuchillo. El demonio lo recibe y muere para siempre.
Mientras tanto, en el hogar de quien iba a ser su futuro esposo, mi hermana, desquiciada, decide extender la hoguera y acabar con todo. Prende el sótano, la parte de la casa que más lo merece, luego el resto de los pisos por encubridores, primer piso, segundo y, en una silla del tercero, se sienta a esperar a que las llamas suban.
Cuando llegan, se tira por la ventana. Tampoco su cuerpo se aplasta con el suelo. A mi hermana también le salen alas de buitre.
-Somos humanos buitres –le digo, porque estoy a su lado- Y te amo.
Y volamos.
Dejamos en el suelo, consumiéndose, la casa de los horrores ardientes de Juan Arteaga. Jamás encontrarán ni sabrán nada de su sótano de terror. Jamás sabrán que era un asesino y un despiadado violador de menores. No obstante, alguien encontrará en el despacho de la universidad donde imparte clases, su novela rechazada. Será entonces por fin publicada y, por todos, recordado como un genio incomprendido mientras respiraba.
-Y una buena persona –afirmará su madre, que en secreto mató a su padre cuando descubrió sus perversiones, y rogó a su hijo se fuera del país, para no tenerlo que matar también a él. Ojos que no ven, corazón que no siente, pensaba.
***...
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