Mendaz

UNO
Llegué a casa de Faby a las once de la noche. Me dio un beso y mi cansancio por las cinco horas de viaje desapareció. Realmente no es tan pesado viajar tantas horas si estás enamorado.

-¿Como va todo? –preguntó.

-Muy bien. Todo perfecto.

-¿Y los problemillas que tenías en el trabajo?

-Ya paso todo –le mentí- Las cosas mejoraron.

Le mentí porque no quería que supiera que estaba ante un imbécil. Un fracasado. Durante toda mi vida la gente que me ha conocido y ha trabajando conmigo asegura, que soy un ganador, pues soy una persona especial, que eso saltaba a la vista. Palabras amables pero mentirosas. No soy más que otro pendejo mediocre. A mis 28 años no tengo nada, salvo un montón de gastos. En las películas que veía de niño y que me hacían soñar se afirma que si intentas mucho una cosa, si pones todo tu empeño, al final lo consigues. Pero eso, en la vida real no es verdad. Hay mucha gente que lo intenta con todas sus fuerzas una y otra vez y jamás lo consigue. De esos fracasados no se hacen películas. Yo soy uno de esos fracasados. Pero este fin de semana no. Mucho menos ante los ojos de Faby. Lo sería yo solo, a partir del lunes.

-Les han gustado mucho algunas de mis ideas –le dije a Faby con una gran sonrisa, pero sin lograr que los ojos me brillaran de emoción- Les he sacado una buena lana de adelanto..

-¡Eso es genial! –gritó ella.

Y volvió a besarme.

Mientras sentía en mi boca el beso que no merecía pensé que pasar con ella el fin de semana era mi gran premio por toda una vida de sueños.

DOS

Conocí a Faby aquí en la ciudad, aunque es de monterrey. Ella había venido a dar un curso al trabajo.

Tenía novio, pero un día ella se enamoró de un hombre que a su vez también estaba comprometido. Faby quiso hacer las cosas bien, abandonó a su novio y luego se le declaró al hombre del que se había enamorado. Y éste, incomprensiblemente para mi, le dijo que no.

Faby quedó sola. Pasó tres meses con remordimientos y deprimida. En verdad la atormentaba el daño que le había hecho a su novio de toda la vida, quien siempre la había tratado como una princesa. Pero por otro lado, la quemaba el amor que sentía por aquel hombre de quien estaba enamorada y que no le correspondía.

En ese momento de su vida nos conocimos. Nos dio un curso en el trabajo de “X” cosa. Después de verla unos minutos junte algo de valor (no soy de las personas que se atreven a acercarse a las chicas) y me atreví a preguntarle que qué haría por la noche:

-Nada –contestó con una sonrisa coqueta- Estoy sola en la Ciudad.

Y nos quedamos de ver para tomarnos un café.

TRES

Pasamos dos días juntos, en mi casa. Fueron los dos mejores días de mi vida. Todo fue maravilloso. Él corazón me sangraba de amor.

-Te quiero –le confesé.

-Eso es imposible –replicó enojada- No me conoces nada.

Me quedé callado. Tal vez debí decirle lo que pienso, que amar sin conocer es el único modo de amar a alguien. Que los momentos irracionales, en los que sientes y no piensas, son los únicos momentos que valen de la vida; que el resto son días de trabajo.

En un mundo justo si sientes algo muy fuerte en tu corazón por una persona, esa persona tendría que sentir lo mismo por ti. Pero ya sabemos, en cuanto dejamos de ser niños, que no vivimos en un mundo justo sino todo lo contrario.

Hay algunas personas que todo le sale bien y viven en el cielo. Otras que vivimos los siete días de la semana en el infierno. No hay justicia. Da igual lo que hagas, las veces que lo intentes. La fortuna es una lotería. El éxito, un malentendido. Al final sólo hay gente con poder exprimiendo a gente sin poder.

A los dos días ella regresó a su vida en Monterrey y yo a mi trabajo. Quedamos de acuerdo para vernos el siguiente fin de semana, en su casa.

Regresé al trabajo con una cara que revelaba que nadie en el mundo era más feliz que yo. Al llegar, mi jefe me llamó. Con razón, estaba visiblemente encabronado conmigo:

-¿Por qué no ha acudido al trabajo estos dos últimos días? – me preguntó.

-Por problemas de salud –le mentí.

-¿Tiene usted algún comprobante que demuestre que ha estado enfermo?

-No.

-Pues no le creo. Tiene un aspecto inmejorable. Está usted despedido.

Me asusté. Necesitaba ese trabajo. Me había costado muchos meses encontrar uno. Además sólo tenía ahorrado mil pesos y ya me había gastado lo de mis pasajes. Entonces decidí decirle la verdad, acudir a sus sentimientos. Al fin y al cabo, seguramente el también se habría enamorado locamente, cometiendo una estupidez:

-Me enamoré de una chica –le dije- Creo que es el gran amor de mi vida. Pasé estos dos días con ella. Jamás había estado tan enamorado. Perdóneme.

Mi jefe me miró de arriba abajo. Luego murmuró con desprecio:

-Patético. Váyase de mi empresa. Aquí no contratamos a pubertos, sino a gente responsable.

Salí de su oficina. El amor es algo patético y despreciable en el mundo de los negocios. “Estar enamorado” debería de aceptarse como motivo válido para obtener una incapacidad laboral. Parece que sólo tienes derecho a estar locamente enamorado a los 15 años. De adulto está muy mal visto. Se espera de ti que te comportes siempre como un responsable y frío robot. Pero el amor, aparte de hacernos felices, nos convierte en imbéciles y en niños. Por fortuna.

Da igual la puta edad que tenga uno, el amor siempre tiene el poder de hacerte sentir como un niño.

Y eso es una bendición...

CUATRO

El domingo por la noche, en el restaurante decidí declararme. Eran las siete de la noche y mi camión salía a las doce.

La comida favorita de Faby es la italiana, así que fuimos a un italiano que estaba cerca de su casa. Mi declaración iba a ser sencilla. No iba a repetir el error de decir “te quiero” como en aquella ocasión en mi casa, en la que se había molestado. Simplemente iba a preguntarle si quería que regresara el próximo fin de semana o el siguiente. Con eso me valdría. Si me decía que sí, es que ella quería seguir conociéndome, que pensaba que quizá yo podría ser el hombre de su vida. Con eso me bastaba para estallar en felicidad. No podría regresar al DF desde Monterrey sin dinero. Tenía un plan, fingiría esa noche, que tomaba el camión al DF pero me quedaría en Monterrey. Pasaría los días en un parque y, por la noche, dormiría entre los arboles o donde fuera, hasta el día que Faby señalara como fecha de nuestro reencuentro.

Pedimos vino blanco y queso como entrada. Aquella iba a ser mi última buena cena. Mientras comíamos, quise hacerle la pregunta, pero no me atreví. Sentí nervios. Pedí disculpas y me fui al baño. Una vez allí, abrí la llave, tomé agua con la palma de mi mano y refresqué mi nuca. Miré mi reflejo en el espejo y me pedí, mirándome a los ojos, valentía. Debía hacerle la pregunta.

Cuando regresé a la mesa, ella lloraba.

-¿Qué te pasa?

-Acabo de recibir un mensaje de texto.

-¿De quién?

-Del chico al que amo, a quien me declaré. Dice que también me ama.

Y Faby rompió a llorar de amor.

CINCO

Tomé el camión de las doce de la noche. Tras unas cuantas horas de viaje llegué al DF. Me baje del camión sabiendo que no tenía nada.

NADA.

Nadie me esperaba, tampoco tenía ningún lugar a donde ir.

Sólo tenía un inmenso dolor en el pecho.

Nunca volví a ver a Faby y, desde entonces, vivo en la calle.

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